Grieta: Historias de inspiración 08: jugarse la vida haciendo nada

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A propósito de nada: A veces simplemente hay que dejar que las cosas fluyan. No hay algo verdaderamente importante que pudiese decir o, nada realmente importante que ocurra dentro de la esfera que nos convoca. Es decir, en este, nuestro campo, las comunicaciones. Podría hablar de marketing, de tecnologías digitales, páginas web. Pero, vamos, hay cosas más relevantes. Y sobre esos temas, en el caso que necesiten ayuda, pueden escribirnos a nuestro correo.

 

Sin embargo, el asunto que hoy nos convoca es otro. Y ese tema no es ninguno en particular. Así es, hoy quiero brindar un homenaje a hacer absolutamente nada. Sí. A eso. A dejar que las cosas fluyan sin ningún propósito. Estoy casi seguros que es muy sano perder el tiempo. Las ideas avanzan con más naturalidad, el conocimiento busca acontecer. Y ahí, en esa nada, el inconsciente intenta encontrar un hilo que dé con un asunto, aunque no exista tal cosa como un asunto.

 

Apropósito de esto, recuerdo que en una entrevista a Marío Levrero le preguntaron cuál es el tema de sus libros, a lo que él responde -aunque no recuerdo con exactitud la cita: la gente me pregunta cuál será el siguiente tema de mis libros, cómo si existiera algo como un tema o yo estuviera detrás de eso. No, no busco un tema, me estoy buscando a mí.

 

Perder el tiempo, de algún modo, es también buscarse uno y mientras escribo esto lo pienso mejor y esta entrada está dedicada a una parte de mí, a esa pesquisa que había olvidado y que tiene que ver con esa nada y con este profesional de la pérdida del tiempo que es Levrero. Esta entrada, entonces, está dedicada a él, a Mario -me encantaría poder llamarlo con esa familiaridad y, por qué no, si estuve ahí absorto leyendo páginas y páginas sobre cómo intentaba encontrar un sistema de programación para tomar sus remedios.

 

El discurso vacío, La novela luminosa y Diario de un canalla son escritos de un sujeto que ama perder el tiempo. Que se preocupa de lo que a nadie le importa, un sudoku, un puzle, o programa computacional para ordenar sus medicamentos, da igual, todo es importante en esa nadería que es la vida.

 

Si lo pensamos bien, Levrero es un anarquista, un revolucionario, alguien que lucha contra nuestro tiempo, una especie de Quijote viendo gigantes en los molinos de viento. Ahí su construcción, en esa particularidad reside su encanto. En tiempos de KPIs, objetivos, metas, propósitos, es importante que alguien reivindique el ocio. Quizás, ahí hay una fuente de sabiduría y más de nosotros mismos que en cualquier hora extra de cualquier trabajo remunerado.

 

“No estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación, a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de mi apartamento montevideano, que ya no volveré a ver, a ciertos paisajes, a ciertas presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo voy a lograr. No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida”, cierra Levrero su propio homenaje, en una de sus entradas, de Diario de un Canalla.