Naijem: Cosas que se derriten y esparcen

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Quizás las cosas se deshacen en ciertos periodos y cuando hablo de deshacer, no pienso en derrumbar, sino en que los hechos se derriten y esparcen como una masa informe y escurren empapando o manchando lo que hay a su paso, algo así como “La cosa”, esa película, de principios de los 80, que lindaba entre la ciencia ficción y el terror y que fue dirigida por Carpenter.

 

Nuestros 90’s -me refiero a los de Chile- tienen algo de eso. De película de terror, de tensa calma, de algo que salpicaba y esparcía lentamente, como si se suspendiera, quedando una suerte de manto espeso, una bruma que cubría todo, haciendo que las cosas, muchas veces, perturbaran.

 

 

El trabajo de Naijem, de alguna manera, responde a esto. Una influencia marcada por este periodo -la transición a la democracia-, por ese silencio que significó y vistió a un país que vivió a oscuras y que, de pronto, se iluminó con una luz tenue, como el brillo de un cuchillo que se desvaina y mientras corta, hace chirriar la bruma en una noche de invierno, un sonido neblinoso, que llena vacíos y silencios, a partir de lo que vela a medias.

 

 

Pienso en un juego de cara o cruz, faz y contrafaz, pero con una moneda de 10 pesos, que tiene la imagen de un ángel rompiendo cadenas. W. Benjamin pensaba en el Ángel de la historia, mientras nosotros en plena dictadura, en el de la libertad, en esa esquizofrenia se mueve Chile y ese país esquizofrénico es el que dibuja o desdibuja Naijem.

 

La televisión, el imaginario animado y vivo, el lenguaje, problemáticas y estéticas que responden a una visión idealizada y norteamericanizada de un país de mesas familiares, cereales, porristas, autobuses escolares, de “prepas”, comida rápida, estelares de televisión y pop corn, bajo un cielo de cholguán y zanjones de la aguada. Eso y mucho más es lo que crea, profundiza, imagina y visibiliza quien colabora este mes con Grieta.

 

 

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